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De ninfomanía a sexóloga


Hoy no me da vergüenza admitir que soy adicta al sexo. Por extraño que pueda parecer, sobre todo por ser mujer, la verdad es que desde que tenía 6 años cuando empecé a despertar a mi cuerpo. Interrogaba todo y a escondidas de mis padres, veia peliculas pornograficas que mi hermano tenia. Entonces, el hecho de que mi madre cuidaba a niños con una edad próxima a la mía, me llevaba a tocarlos y a descubrirnos el uno al otro. Cerca de los ocho años, esta situación termino, quizá porque fue cuando me fui al catecismo. A los 14 tuve mi primer amor y, a continuación, a los 16 años perdi la virginidad y lo disfruté tanto que a partir de entonces tenía que tener relaciones sexuales al menos una vez al día.
Como mis compañeros también estaban en el proceso de descubrimiento, siempre dispuestos pareja. A los 18 años me involucré con un niño y una niña, fue la más loca de las experiencias de mi vida. Salvo que, dada la locura, termine por olvidarme de la protección y a pesar de tomar la píldora, terminé contraer el virus del VIH. Me quede fatal cuando recibi los resultados.

Luego tuve que contar la situación a mis padres. Mis padres no lo aceptaron y me echaron de casa. Tuve que ir a vivir con una amiga y sin medios de subsistencia, decidí hacer de un placer forma de hacer dinero. Adicta al sexo, siempre quería más y más, teniendo una vida loca, dispuesta a probar un poco de todo. Me sentía bien y no sentia la necesidad de tener una relación estable. Había clientes ocasionales y clientes habituales. Entre los habituales uno destacaba por la cariñosa forma en que me trataba. Creamos una complicidad, hasta que se obsesionó conmigo y me perseguia. De ahí a empezar a pegarme fue un paso.
Un día no pude resistir y le pedí ayuda a mi familia, que había cortado relaciones conmigo.
Mis padres me ayudaron, pero dijeron que a cambio tenía que hacer un tratamiento para curar mi adicción al sexo. Estuve de acuerdo y fuimos a visitar el centro de tratamiento. El comienzo fue terrible, yo siempre estaba tratando de relacionarme con los pacientes. Hasta que comenze a tomar el tratamieto más en serio y me di cuenta que me podía controlar y valorar otras cosas. Ocho meses intensos, pero hoy puedo decir con orgullo que consegui.
Volví a casa de mis padres, volvi a estudiar, me especialicé en Inglaterra e irónicamente me convertí en un sexóloga. Tengo una inmensa gratitud por el centro y con mis padres que a pesar de haberme cerrado la puerta una vez, tuvieron la humildad de reconocer el error que cometieron y me dieron una mano.
Soy feliz, tengo una relación estable, una carrera que me llena, un hijo maravilloso ... ¿qué más se puede pedir?


Anonimo